Sofía se encuentra caminando entre las paredes blancas e iluminadas del pasillo de la residencia en la que vive, con la tranquilidad que una jubilada de casi setenta años tiene.
Su cara está seria, su mirada expresa una sutil neurosis al mirar hacia su derecha e izquierda como hace un niño cuando cree haber hecho algo que esta mal.
Mientras camina se percata de que el botón de su camisa esta desabrochado. Para e intenta colocarlo, en ese instante un alegre y directo “hola” hace que tiemble todo su cuerpo, no se esperaba ver a nadie por allí porque es la hora de la merienda. Tras no lograr abrocharse el botón, levanta la cabeza y ve que se trata de su enfermera.
*
“Sofía, te he estado buscando por todas partes, ¿donde te habías metido?” -exclama en un tono correcto pero denotando cierta preocupación- “tu amiga Celia acaba de llegar de Zaragoza te esta esperando para merendar”.
Esforzándose en responder con la mayor naturalidad dice; “estaba en la habitación querida, solo que no me encontraba bien, pero ya estoy mejor, voy con ella, gracias cielo”.
Sofía da un paso al frente, toca con su mano derecha el pecho a la altura del corazón, mira hacia arriba y suspira para sí. Continúa caminando mientras, de modo sutil, va arreglándose la larga falda que lleva, como si quisiera quitar algunas arrugas, hasta que finalmente llega al comedor. Una señora le saluda desde el otro extremo del largo comedor, parece ser que es Celia, una mujer dos meses mayor a ella, amigas desde el colegio.
“¡Por el amor de Dios mujer! ¿Qué te ha pasado?” -exclama Celia con energía, expresando sorpresa al tiempo que Sofía muestra una cara tensa- “¿pero tú desde cuándo te maquillas? ¡Estás guapísima!” -Sofía se relaja-.
Tras dos horas de conversación en las que Celia no dejaba de hablar de Zaragoza y de lo bonito que había sido todo allí y de lo mal que se había llevado con la compañera de habitación que le fue asignada, parecía finalizar. Pero cada vez que terminaba una historia que tenía como protagonista a alguna de las viajeras y parecía que se acabo el relato del viaje, comenzaba con otra. Sofía, con cara mas relajada que al principio, tenía su mirada enfocada hacia el vacío, su cabeza apoyada sobre su mano derecha y el codo de la misma en la silla. Los ojos iban directos a las bebidas que había en la mesa. Celia parecía no percatarse que Sofía no quería seguir escuchando y continuaba abanicándose haciendo su particular monólogo. Cada vez que su amiga intentaba interrumpirle, se callaba y, tras un “enseguida acabo, déjame terminar”, seguía hablando.
Al finalizar las anécdotas de su travesía Celia dijo en un tono firme; “me voy a mi habitación ya”, al mismo tiempo que no dejaba de abanicarse. Acto seguido Sofía pidió con una cara muy seria, de preocupación, que se quedara un rato más, que necesitaba conversar pero no allí, sino en la habitación. La amiga viajera, tras ver la cara de su amiga sintió una gran curiosidad y aceptó la invitación.
Celia tenía una personalidad energética, nunca estaba quieta en un lugar y odiaba pasar horas sentada jugando a cartas con las demás de la residencia. Vestía siempre muy bien, cada semana estrenaba alguna prenda que se confeccionaba ella misma con su maquina de coser o comprada en el mercado de ropa callejero de algún barrio de Valencia.
Una vez en la habitación ambas se sientan, el abanico de la viajera no deja de estar en movimiento. Sofía dice sin tapujos; “amiga, tengo que contarte algo muy importante, somos amigas desde hace mucho tiempo y necesito tu apoyo” -al decir estas palabras su mirada era tan directa a los ojos de su amiga que Celia cerró su abanico de un solo golpe- “he hecho un amigo especial”.
“Me encanta, por fin algo nuevo de lo que hablar” -respondió Celia feliz- “pero mujer, cambia esa cara tan seria, alégrate”.
El abanico volvió a batirse con fuerza, Sofía empezó a hablar;
“Somos amigas desde hace mucho y de sobra es sabida tu fidelidad hacia mí, así que te contaré Celia. El día después de irte a Zaragoza llegó un señor nuevo a la residencia. Todas estaban intrigadas en saber de quién se trataba, pero ninguna tuvo el valor de ir con él porque era muy serio y distante, además no hablaba español, sólo italiano.
Hoy puedo decir que están equivocadas. Te contaré que siempre camina de un modo muy elegante, con su bastón pero con camisa y corbata. En todo momento tiene su periódico cerca de él, nunca le verás sin él. Además tiene un bonito y poblado pelo blanco que llama mucho la atención, también destaca su prominente nariz.
En sus primeros días, cada vez que una enfermera iba a hablar con él, éste siempre le respondía a gritos, pero nada comprendía la chica porque hablaba en puro italiano.
Días después yo me encontraba sentada en el jardín de la residencia dando de comer a las palomas con algo de pan duro picado que pedí a las cocineras. Era un día hermoso, había llovido la noche anterior pero el sol brillaba con fuerza y se reflejaba sobre los charcos que aparecían por todas partes, las palomas vinieron en masa. El italiano paseaba por allí, se encontraba algo lejos de donde yo estaba, cayó su periódico al suelo y se agachó como pudo para recogerlo, al levantarse miró hacia mí y le di las buenas tardes, pero no me respondió, siguió su camino.
Al día siguiente volví al mismo lugar y también se encontraba él, pero esta vez estaba en mi banco sentado, me dije a mi misma que podíamos compartirlo y volví a decir buenas tardes y no obtuve respuesta. Pasaba la tarde y, al cabo de unas dos horas, me dijo en un perfecto español; “bonito lugar este con una compañía tan grata como la suya”. Yo me sorprendí y por un instante no podía responder, aquel hombre que no sabía nada de nuestro idioma me estaba hablando. Así que respondí y de ahí salió toda una interesante conversación hasta que, tras casi una hora, comenzó a refrescar y volvimos a la residencia, no faltaba mucho para cenar y quedamos para ir juntos. Te reconozco que ese día me peine para ir a cenar.
Toda la residencia nos observaba los primeros minutos, hasta que se cansaron y ya estaban más que acostumbradas a nuestra presencia en pareja, ya sabes que yo acostumbraba a cenar sola si tú no estabas. Reímos mucho”.
“¡Pero a ver!” -interrumpe Celia cerrando su abanico- “¿Cómo fuiste tan atrevida?”.
Sofía sonríe y continúa hablando; “no sé… desde aquella vez empezamos a comer siempre juntos. Al siguiente día me trajo un pequeño pájaro hecho con papel, diciéndome que era él antes de entrar en la residencia, al parecer sus hijos no lo querían más en casa, cuestiones de herencia de las que apenas habló.
Cada día me traía algo en la cena, casi siempre se trataba de flores.
A la semana, llegó como siempre, se sentó a mi lado, yo tenía mis manos encima de la mesa estiradas, el imitó mi posición mientras hablábamos de nuestras vidas. Sentí un suave roce de su dedo meñique en el mío y mi corazón se aceleró mucho, quite mi mano inmediatamente. Él, tras una sonrisa me dijo que no me quería comer, y reí mucho.
Cada día en la cena buscaba una excusa para aproximarse a mí, dijo que tenía manchada la boca después de comer y cogió una servilleta y me limpio, a continuación rozó durante un par de segundos mi mejilla. Me sentí muy incómoda y esa noche fui a la habitación rápidamente. Pero al día siguiente volví y allí estaba él con su rosa y una leve sonrisa pícara. Nada mas sentarme hice algo muy atrevido”
-la cara de Celia está fija en la mirada de su amiga, deseando que llegue el final, el abanico ya paro de balancearse- “le hice una caricia en su mejilla. Continuamos hablando como siempre, él estaba sentado a mi derecha, cuando fui a colocarme la servilleta en mis piernas para cenar, roce con el opuesto de la palma de mi mano su pierna izquierda y seguí subiendo hasta la altura de su riñón. Mi respiración iba muy rápido. La mano derecha de él se puso sobre mi mano y la fue guiando por toda su pierna próxima a mí, hasta que llegó a la altura de su rodilla. Estábamos en un rincón del salón de comidas, en nuestra mesa había espacio para ocho pero estábamos solos, en una esquina. Mi mano comenzó a templar, él sopló con delicadeza entre sus labios y lengua, un pequeño silbido, espetando que me calmara. Yo sonreí. Vimos a la camarera aproximarse hacia nosotros y enseguida nuestros cuerpos se pusieron bien erguidos, pero él parecía estar tranquilo, muy seguro de sí mimo. Trajeron el primer plato, un exquisito melón con jamón. La minuciosidad con la que cortaba cada pedacito, y la mirada que me enviaba al introducírselo en su boca, hacia que cada bocado que daba a su comida un nudo en mi estómago acompañara.
Seguimos comiendo, y cayó su tenedor al suelo y fue a cogerlo. Al cabo de diez minutos sentí en mi tobillo derecho algo que me rozaba. En un instante salté porque pensé que se trataba de una cucaracha, pero no. Una vez mas sus ojos iban directos a los míos y susurraban calma.
Un hormigueo fuerte alcanzaba mi rodilla desde el tobillo, donde la suavidad de su calcetín penetraba en mi piel. Mientras esto ocurría, una caricia a mi mejilla siguió a que tocara mi mano derecha, acto seguido la guió hasta colocarla sobre su barriga y empezar a masajear en círculos su pancita. En aquel momento ya estaba animada, entre los botones de su camisa introduje mis dedos y acaricié su ombligo. Sentía pequeñas descargas en todo mi cuerpo al percibir su masajeo en mi pierna y mis manos suavemente en su cuerpo. Sentía mi respiración como si de un tornado se tratara, aspiraba aire y lo expulsaba con mucha fuerza y a mayor velocidad cada vez. En el momento en el que pensé que la situación no podría ir a más puso su mano izquierda sobre mi rodilla derecha y con sus dedos hacia movimientos circulares. Mis partes mas intimas comenzaron a sentir algo que no sentían hace mucho” -ambas amigas comenzaron a tener una pequeña risa ansiosa que fue decayendo en un par de minutos- “y no dejaba de preguntar si me gustaba aquello, yo no podía ni responder, mi cara parecía no tener expresión ni músculos, es una sensación que me cuesta explicar.
Me invitó a ir a su habitación a pasar un rato, pero la rechace, me entro miedo, por un segundo pensé que no estaba bien hacer aquello, por mi cabeza pasaban las imágenes de Eduardo” - en aquel momento interrumpió Celia y dijo en un tono indignado: “¿Por qué no fuiste? De la muerte de Eduardo pasaron ya veinte años tonta, no puedes vivir así”.
-Sofía respondió con firmeza- “no creas que no me arrepiento de no haber ido. Terminamos de allí y cada uno fue a su habitación. Llegó al día siguiente la hora de la comida y él no estaba, en la cena tampoco. Me puse muy triste, así pasaron dos días, hasta hoy que has llegado Celia. Esta tarde me armé de valor y decidí ir a su habitación como él me pidió, me puse guapa como ves. Entré en su cuarto pero no había nada más que una cama, mesa, armario y lo básico, salí de la habitación sin podérmelo creer, estaba muy triste. Ya nadie vive allí, quise ir a preguntar dónde estaba pero no lo hice” -Celia quería saber el porque, pero esta vez no interrumpía a Sofía- “la verdad es que no me ha dado tiempo de preguntar a nadie, al salir me avisaron que estabas esperándome. Pero no te preocupes amiga, eso ya paso, ahora estamos juntas y vamos a pasarlo bien, pero ahora estoy cansada y me gustaría irme a dormir”.
Celia estaba feliz y abrazo a Sofía, se dijeron mutuamente que hablarían más al día siguiente mientras pasearan por los jardines del lugar.
Sofía estaba en su cama, había cosas que no contó a Celia para no preocuparla, como que no se imaginaba la vida sin esas sensaciones que tuvo, así que, tumbada, empezó a pensar en su amante, no lo podía olvidar. En su mente venían imágenes de aquel momento en la cena. Así que decidió masajear su propia barriga como si fuera la del italiano, las sensaciones que experimentaba eran similares a las que tuvo con aquel hombre. Era la primera vez que probaba hacer algo sin nadie, siempre había sido algo tabú para ella. Siempre había tenido la certeza de que no era posible sentir nada si no era con un hombre, pero sus esquemas cambiaron en aquel momento que se acariciaba pensando que era el italiano quien lo hacia, descubrió un mundo de oportunidades por conocer sobre algo que creyó ya saber a su edad.
Al sentir las manos en su propio cuerpo y mezclarse con las imágenes que tenia en mente, el corazón lo sentía como si del cuerpo quisiera salir, murmuraba sola en la habitación, cuando se daba cuenta que ella misma provocaba sonidos se callaba rápidamente y pensaba en si alguien habría escuchado. Pero esa neurosis poco a poco se fue disipando. Cuando creyó ser suficiente paro, estaba feliz, con una gran sonrisa, deseando que llegara la siguiente noche para irse descubriendo.

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