Muchas veces, cuando toco el piano, vienen a mi mente imágenes del mar, pero dependiendo de mi estado de ánimo está furioso o está en calma.
No sabía qué sentimiento se escondía ayer en mi interior. No había tenido tiempo para mí en todo el día, desde que me levanté con los últimos rayos de luna hasta el caer de la noche no cesó mi actividad.
Como era costumbre me incorporé con el despertador, pensándolo bien la costumbre no era tal. Hoy no lo miré con mala cara. No me di la vuelta. No pensé que le robaría dos minutos, ni que esos dos podrían multiplicarse por diez, ni que llegaría al trabajo medio peinada y sin maquillar. Simplemente, dejé las sábanas calientes sobre el colchón.
Me dirigí al baño y contemplé mi rostro en el espejo. Reflejaba descanso y, curiosamente, me pareció observar que en él se había encendido una luz.
Pasé una mano por mi cabello y me dirigí a la ducha. Con el agua a presión y un gel con aroma de lavanda pude asearme, pero ahora que lo pienso y siguiendo con las curiosidades, hice un acto diferente al del resto de los días.
Consciente de la presión del agua, mi subconsciente la dirigió hacia mi vulva, que en cuestión de segundos se abrió al placer. Sin embargo, mi mente no cedió ante la tentación. Recordé que Alba todavía estaba acostada y la situación condujo a la señora libido, atrapada, y escaleras abajo, correr hacia el mundo exterior, veneno que fluye entre mis piernas, miel para mis labios, lujuria para los de otros…
Terminé el baño y me sequé rápidamente. Tendí sobre mi cuerpo una bata de seda del color de los capullos que la tejieron. Era una bata especial, me recordaba un viaje a China hace unos años.
Fue una luna de miel muy hermosa. Cuatro ojos, cuatro piernas y dos cerebros que se funden en una mirada común, en el reflejo de unos ojos en la pupila del amado, en un cuerpo que se prolonga en el otro a través de unas manos prisioneras que conducen las piernas al mismo sitio e igual ritmo. En un pensamiento común, en un ¡cuánto te quiero!
¿Nostalgia?
Con el cuerpo cubierto volví a mi habitación para vestirme. Al pasar frente al espejo me detuve. Abrí la seda y contemplé mi cuerpo desnudo.
Rápidamente me puse la ropa interior, unos vaqueros y una camiseta, si seguía con tantas paradas se haría tarde. Fui en busca de Alba. Ella, inicialmente había sido un accidente, -el amor intenso y verdadero, el amor prometido de por vida, el amor que viaja por China, el que jamás se acabaría, pero como una flor cuando no se riega, se marchitó.
Un día, el padre de Alba salió a comprar tabaco y no regresó- ahora, ella, era la razón de mi existencia.
Alba, que bien pudo llamarse Aurora, dormía plácidamente.
Mis besos y caricias sobre su cuerpecito de leche le brindaron el más tierno despertar. Cuando vio mi rostro, sonrió. Con sus manos de azúcar me tocaba, también ella quería darme los buenos días.
La vestí dándome cuenta de lo rápido que estaba creciendo. Pensé que tendría que comprarle unos zapatos, los que tenía le venían pequeños y podrían hacerle daño a en los pies.
Le di el desayuno mientras yo también comía algo.
¡Alba!, El regalo más preciado que jamás hubiera imaginado. Con sólo mirarla, un dolor de mi vientre se transformaba en un cinturón ajustado, un dolor de pies, en unos zapatos incómodos, un dolor de cabeza, en una coleta que tensa demasiado el cabello, pero cuando era ella la que lloraba, sobre mi cuerpo y mi alma se abatía la cúpula del cielo y subían los fuegos del infierno. Por ti, ¡mi amor!, ¡daría la vida! La besé de nuevo y el corazón se me agitó al darme cuenta de los veinte minutos que le había robado a los señores puntero y minutero, y que mi mente se los había regalado a la contemplación de ese pequeño gran ser.
En media hora la había dejado en la guardería y estaba en el trabajo. Como siempre, Óscar bromeó con mi persona, más que bromear, volvió a tirarme los tejos.
-Marisa, hoy estás hermosísima. Tienes una mirada especial, ¿tuviste compañía anoche?
Hacía tiempo que las bromas o comentarios de Oscar estaban mermando mi paciencia y la relación de amistad que se suponía entre nosotros.
-Oscar, ¡no seas tonto!, sabes que sí tuve compañía. Mi hija, durmió toda la noche a mi lado.
-¿Tu hija, qué?, Mari, parece que ya has olvidado a las compañías masculinas ¿Me dejas que te invite a cenar esta noche?
Él, no perdía la ocasión para dejarse caer, pero sabía que no tenía nada que hacer conmigo. Me eché a reír y salí caminando delante “¡Ponle una vela al santo de los imposibles!, ¡quizás te de suerte!”
Transcurrieron seis horas en las que no había parado de correr. Sólo una guardia me había permitido sentarme un rato.
Al salir pasé por la librería, ya había devorado los últimos libros que comprara el mes pasado. Tenía que hacer la compra, recoger una ropa que había dejado en un taller para unos arreglos, ¡ah!, y no podía olvidar los zapatos de Alba.
Entré en el centro comercial. Compré todo lo que tenía previsto y añadí unas pequeñas compras compulsivas. Un conjunto de lencería, un perfume, unos zapatos preciosos y una falda de gasa entre verde y negra, que en esos momentos me recordó la piel de una pantera iluminada por una luna llena, que acechando en la oscuridad de la noche no se percata de que ella también es el blanco perfecto. Pensé que hacía tiempo que no me regalaba nada a mí misma. Al salir en busca de Alba en mi rostro se desplegaba una sonrisa tan grande que abarcaba todo mi rostro y mi alma.
Recogí a la niña a las seis, jugué un rato con ella y seguimos aprendiendo a pintar. Le di la cena, la bañé y la acosté. ¡Uff!
Algunas veces pienso en la cantidad de cosas que puedo llegar a hacer durante un día, entonces me pregunto cómo es posible que mi espíritu permanezca en calma, o cómo es posible que además tenga tiempo para leer o tocar el piano.
Lo cierto es que la música es el alimento de mi espíritu, que a través de ella afloran mis sentimientos, y que según lo que escuche, mi propio yo me revela mi estado de ánimo.
Cuando pienso en ayer me veo despertando a Alba, jugando con ella, dándole la cena y acostándola. El resto del día había sido completamente prescindible.
El tiempo para mí y mi piano había llegado.
Hacía bastante calor dentro de la casa, así que abrí la ventana del balcón, corrí el visillo y recordé las situaciones de la mañana. ¿Por qué me había detenido tanto en mi cuerpo?, ¿qué luz había visto brillar por la mañana frente al espejo?, ¿porqué había comprado la lencería y el perfume?
No quise seguir haciéndome preguntas. Me acerqué al piano, me senté en la butaca y levanté su tapa de caoba con una caricia. ¡Es tan especial!
Comencé a tocar y apareció el mar. Un mar bravo y bello, unas olas rompiendo en unos acantilados, iban y venían, se rompían y de nuevo crecían.
Espumas blancas que saltaban, que daban vueltas y volvían mar adentro, pero que estando dentro querían salir de nuevo, y que chocaban en su búsqueda desesperada, pero que se marchaban volviendo. El acantilado, firme, y robusto, la esperaba. Intentaba cogerla, pero no se dejaba. Recordaba una pelea de amantes, pero la roca llora, porque sabe que hoy, ella no vendrá a besarlo. Me dolían los dedos de las manos.
Estaba tocando el piano con pasión, con la misma con la que mi subconsciente dirigió el chorro de agua hacia mi sexo, con la misma con la que había detenido mi cuerpo ante el espejo para contemplarlo.
Ahora el día se ha extinguido, Alba descansaba y yo vuelvo a estar sola.
Recuerdo que bajo mi ropa se esconde un cuerpo, ese que deseara esta mañana. Recuerdo a Jose y nuestro encuentro hace unos días. Recuerdo que estoy viva ¡Esa era la chispa en mi rostro encendida!
Me levanté del taburete y dejé los zapatos en un lado. Desabroché el pantalón e introduje mi mano en la ropa interior. Recuerdo sus palabras y su aliento. Sigo desvistiéndome, tras los vaqueros cae la camisa, y reflejada en la vidriera me veo en bragas y sujetador. Me había vestido deprisa, pero la ropa interior había sido elegida para una cita. Mi subconsciente había puesto una fecha que mi mano no había anotado en la agenda.
Dejé el piano de lado y puse un poco de música. El día siguiente era sábado y no tenía que trabajar.
Me serví una copa.
Acomodé mi cuerpo semidesnudo en el sillón amarillo que tanto me gusta, quizás me imprime tanta fuerza como un sol, quizás calienta mi desnuda soledad, quizás es simplemente, un mullido sillón.
Dejé la copa en la mesa. Tiré los cojines al suelo y me dediqué a la reprimida exploración.
Me recogí el pelo y me acaricié el cuello, deslizando una mano hacia el pecho, que al rozar los pezones provocaron una erección y un cosquilleo. Con la sensibilidad a flor de piel, los pezones de punta y los dedos enroscados en ellos seguí hacia el vientre. La parada en el ombligo fue breve, pues sentía la necesidad de retirar la braga, de liberar a mi cuerpo prisionero que aullaba entre las piernas.
No me di demasiada prisa, quería disfrutar de aquella sensación por tanto tiempo olvidada. Me quité el sujetador acariciando los pechos. Me bajé las bragas acariciando las nalgas, los muslos y los gemelos. Me gustaba mi cuerpo. Los años de deporte le habían dando una armonía que supo mantenerse en el tiempo.
Ahora que me volvía a encontrar de pie y desnuda, una mano, se apoderó de ese pezón que minutos antes se encontraba erecto. La otra, quiso silenciar la vulva que pedía nuevas sensaciones, que gritaba para salir de la soledad. Introduje mis dedos en ella. Se encontraba húmeda y desproporcionadamente inmensa. Recostada en el sol, unos dedos le hicieron compañía. Mientras unos entraban y salían de la vagina, otros, acariciaban el clítoris que me susurraba un “te deseo”.
Mi mente se fue con Jose y nuestro encuentro.
Con los ojos cerrados y deseándolo, lo vi entrar en el salón. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa negra desabrochada que ponía de manifiesto su tórax musculoso y su vello. Su cabello revuelto y su barba de un par de días. Tenía tantas ganas de volver a estar con él que lo recordé con una imagen cautivadora. Si me hubiera acercado a su lado hubiera olido a ese perfume con toques de bergamota que tanto me gustaba.
El soñar no ocupa lugar, y con los ojos cerrados y en plena masturbación, lo vi, lo olí y casi podía sentir que eran sus manos la que acariciaban mi piel, que era su boca la que se envenenaba con mi sexo, el que se embriaga con cianuro y un toque del néctar de los dioses, el que con Onán y conmigo, una bacanal hacían.
Extasiada, abrí los ojos, y sorprendida, me di cuenta de que mi sueño se había hecho realidad. Me exalté al verlo allí, frente a mí.
Intenté levantarme, pero él se acercaba cauteloso.
Tomó mi cuerpo desnudo por la cintura. Besé su cuello mientras le quitaba la camisa. Al abrazarlo me di cuenta de su erección, del deseo que en él despertaba.
Entre besos locos me dijo que se había acordado de mí y que venía a verme, que no se esperaba el recibimiento, pero que le gustaba. Me apretó entre sus brazos, con sólo uno rodeó mi cuerpo ardiente, con el otro se quitó el pantalón.
Me apretó las nalgas con fuerza. Mi monte de Venus acariciaba su pene erecto. Mis manos su cabeza. No sabíamos dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Su fuerza y su deseo me levantaron un poco del suelo, lo justo para introducir su pene en mi vagina extasiada y sedienta. Juntos iniciamos el más rítmico de los bailes. Una danza que movía los cuerpos al son de la música encerrada en nuestras mentes.
Una imagen, la de mi alma tomando agua del manantial; por momentos, volvía a mi cabeza el mar bravo, el dulzor del veneno. Ahora las olas eran más grandes, rompían con más fuerza, pero el acantilado no permanecía inmóvil. Lavas que penetraban mar adentro, que en su búsqueda perdían el cuerpo, que a su lado, sólo quería ser fuego.
Tenía entre mis brazos aquello que tanto deseaba. Cuerpos y gargantas que emitían cantos de placer, que al unísono iban a la búsqueda del más preciado de los tesoros, dejar de ser dos para convertirse en uno solo.
Yo, a punto de tener un orgasmo. Él, conteniendo el suyo me levantó y salió de mi interior. Me depositó en el suelo entre los cojines del sillón. Devoró mi vulva que no puedo resistirse ante el asalto de pasión esperado y sorpresivo. El manantial retenido entre mis piernas, como el agua de una tormenta que inunda campos y rompe presas, ante tanto desenfreno, brotó, pero se deslizó sin demasiadas turbulencias. Suavemente, bajó entre mis piernas. Sació su sed y dejó los últimos restos en el sol.
Él, levantó su rostro. Acarició mi cabello y me besó en los labios. Tomó mis pechos y con la mayor de las dulzuras, con el más esperado de los contactos, se colocó sobre mí. Volvíamos a iniciar la danza, nuestros gemidos entrecortados salieron de nuestro interior. Habíamos alcanzado el trofeo. Dos cuerpos en uno. Movimientos sincronizados. Voces al unísono. Mentes en blanco. Diez sentidos que se multiplican por mil, quizás, un millón.
Mi sexo siguió saciando su sed junto a él, y regresa el mar, pero ahora las aguas se deslizan tranquilamente entre unas rocas que huelen a musgo. El acantilado no quiere marcharse definitivamente, quiere seguir ahí, donde ha estado por siglos. Quiere verla enfurecida, verla alegre, triste, melancólica, dulce y suave. Simplemente, quiere sentirla.
Los dos, exhalando endorfinas, fluidos, feromonas, aires de tierra adentro y de mar rompiendo. Acabando y sin terminar, envenenados de lujuria, nos tendimos en el fresco suelo de porcelana.
Una suave brisa movía los visillos y evaporaba todas las esencias que se habían depositado sobre nuestra piel. Por momentos, pensé que todo había sido un sueño, que eran tantas las ganas de sentirme amada que sentada en aquel sillón, di rienda suelta a mi imaginación. Acerqué mi mano hacia él. Era cierto, estaba ahí. Aprovechando la certeza lo acaricié y me abracé a él.
Me abrazó receptivo acercándome aún más. Me comentó que esa mañana le había sucedido algo extraño. Cuando se miró en el espejo pudo observar una luz nueva en su rostro. Un punto de claridad que nunca antes observara. A lo largo del día había vuelto sobre esa imagen, pero lo que recurría continuamente a su mente era el encuentro de hace unos días con esa amiga de la adolescencia, con esa misma que ahora abrazaba, con esa despistada que esta noche había dejado la puerta de su casa abierta permitiéndole la entrada.
- No sé muy bien lo que me pasa hoy, le respondí, también ando un poco ensimismada. Mis pensamientos han vuelto a ti, lo curioso es que casi no te recordaba.
En realidad me parece que no te había olvidado, que siempre tuviste un pequeño hueco en mi corazón.
Sinceramente, el encuentro de hace unos días es lo mejor que me ha pasado en muchos años.
- Fueron días bonitos, aquellos que vivimos en el instituto, cuando nos saltábamos las clases de latín para pasar a las de lengua. Una sonrisa pícara se dibujó en su cara.
- Parece increíble que habiendo estudiado juntos, habiéndonos querido tanto, nuestras vidas un día se separaran.
- Tengo la sensación de que cuando crecemos nos hacemos tontos. Olvidamos lo que nos gusta de un día para otro, y comenzamos de cero.
Le respondí que no creía que eso fuera a empezar de nuevo, simplemente son cosas de la madurez, de la evolución, de vivir acorde con unos valores que poco a poco vamos forjando.
En algún momento se tiene que producir la ruptura.
Le comenté que esa mañana a mí también me había sucedido algo extraño, al mirarme en el espejo encontré un punto de luz que antes no existía.
No traté de explicarlo, porque sabía que ese punto eras tú.
Juntos reímos la coincidencia.
En mi mente comenzaron a deslizarse aguas de un mar que acaricia las finas arenas de una playa volcánica. Imágenes de una puesta de sol amarilla y naranja, que vuelve violeta el agua y que se retira suavemente para volver de igual manera. Acaso le entrega los pétalos de una flor a esas arenas que en algún período de la Historia fueron acantilados.
Imágenes de dos cuerpos desnudos que tomados de la mano pasean por la playa.
No sabía quiénes paseaban, sin demasiado suponer podrían ser Jose y ella; no sabía hasta cuándo iba a durar el paseo, pero fuese lo que fuese iba a permanecer a su lado.
Temía romper el silencio que se había tendido entre ellos cual anhelada frasada, romper la magia que ahora flotaba al compás de unas cortinas de gasa, pero tenía que hacerlo.
- Jose, ¿qué piensas?
- En realidad no pienso nada, contestó él. Sólo disfruto de esto que hemos compartido, del frío del suelo y del calor del alma ¿Por qué?
- Nada en especial. Sólo dame una imagen, la que pasee en estos momentos por tu mente.
- El mar, una playa. Un paseo de tu mano y una puesta de sol naranja.
- ¿Y una música?
- Un sonido, el de tus pies en la arena y el del balanceo de las aguas.
Marisa sonrió y se abrazó a él lo más intenso que pudo. Sabía que entre ellos no había desaparecido aquello que en algún momento de sus vidas los había unido.
- Me parece que ese sonido tiene nombre, ¿acaso se llama amor?
El la abrazó aún más fuerte y depositó un beso en sus labios.
- Sí, se llama la madurez del amor de la adolescencia.
La casa se había quedado en silencio.
Alba dormía en su habitación. Su madre y su amante yacían en el suelo de una escena de pasión, y sin música de fondo y con dulzura en el alma, durmieron cual adolescentes en el suelo de una tienda de campaña.
El día despuntó, un nuevo sol brilló en el cielo con todo su esplendor. Bajo él, un mar que lo representa todo y nada. Un mar en furia, pasión o rabia, en calma, sosiego o ahogo… todo depende de las circunstancias.
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