Todos la llamaban Dulce a pesar de que su nombre era Ana. Adquirió ese nombre por su afición a preparar mermeladas, mermeladas riquísimas que luego disfrutábamos los demás. Pero para mí y en secreto siempre fue mi Dulce Ana.
Esta es la historia de una frustración que marcaría mi vida para siempre. Es también la historia de un verano mas, de la abuela Nicolasa y su maravillosa casa llena de recovecos donde esconderse. Es la historia de paredes blanqueadas con cal, de un pueblecito de castilla la mancha, del calor, de siestas sagradas, donde se sudaba mas de la cuenta. La historia de unas noches sin ropa, donde los sueños son demasiado húmedos como para ser recordados, de imposibles, de reencuentros y de la Dulce Ana, mi despertar sexual.
Solíamos juntarnos todos los años, en el mes de julio, con mis tíos y mi prima, en la casa del pueblo de la Abuela Nicolasa. Lo pasábamos genial. En el pueblo no había horarios, ni apenas normas. Salíamos y entrábamos de la casa cuando queríamos, nos pasábamos el día jugando, sin estudiar. Era el mejor mes de todo el año, solo había una norma, una pequeña pero importantísima norma: respetar la siesta y lo que ello conllevaba, silencio.
Aquel año al llegar, ella había cambiado de una manera brutal. Recuerdo el impacto que causo en mi, he de deciros que mi Dulce Ana tiene 3 años mas que yo y que por primera vez aquel año deje de verla como una simple compañera de juegos, para convertirse en el objetivo de todos mis deseos.
Ella llevaba dos días allí. Nada mas llegar y como siempre había hecho, la busque por todas partes, y la encontré en al huerto recogiendo tomates. La imagen de su vestido remangado lleno de tomates rojos, del rojo mas intenso que os podáis imaginar, cuajados de carne, carne prieta, dura, deseosos de ser devorados… Ella me miro, sonrió y vino corriendo a darme un beso, como siempre lo había hecho, pero aquel beso fue diferente, aquel beso era hormonalmente activo y el que desencadenó en mi una lujuriosa mirada que me acompañaría el resto de los días que pase junto a ella. Aquel beso hizo que mi Dulce Ana rozara sus pechos contra mi, así pude notar el tamaño perfecto que habían adquirido éstos. Fue un beso rápido y seguramente casto a ojos de los demás pero a mi me supo a tomates recién cortados, llenos de carne, a tomates maduros.
Habíamos cambiado los dos, eso era evidente. Yo ya había descubierto hacia unos meses atrás mi sexualidad, mi primera masturbación y algunas mas, pero las erecciones involuntarias que ella causaba en mi a todas horas, me superaban, me trataba como si nada hubiera cambiado, me proponía las mismas cosas de siempre. La casa de la abuela poseía, como he dicho antes, mil rincones para perderse. Por las mañanas solíamos desde siempre coger huevos del corral, pero ahora era insoportable verla agacharse y no imaginarme detrás rozándola, pensar que lo que ella llevaba entre las manos, redondos huevos de color carne, no eran tales, si no algo del mismo tamaño y redondez que yo poseía entre mis piernas. Cerraba los ojos y automáticamente sentía presión en los míos, era insoportable, ese verano hizo mas calor que nunca, lo sé.
Las siestas nos subíamos a la cámara. “La cámara” o también llamada “el sobrao” es una habitación diáfana con techos bajos, que hay encima de la casa, muy amplia y que mi abuela solía usar poco. Allí nos subíamos a hablar mientras todos dormían. Ella insistía siempre en hablar y yo acababa por dormirme, pero ahora la situación había cambiado, era insufrible verla a mi lado voluptuosa sudando, tumbada sin cuidado alguno. Mientras sus piernas se movían sin parar, mi mente volaba tras de ellas, de vez en cuando las abría (creía yo) inocentemente y sus braguitas quedaban al descubierto, entonces en cuestión de segundos mi cuerpo reaccionaba sin mi consentimiento y me tenia que poner boca abajo para disimular. Las noches eran mi alivio, me masturbaba en la habitación de al lado, tres o cuatro veces, incluso hubo noches que más.
Una mañana al levantarnos, mientras la abuela nos preparaba el desayuno, me guiño un ojo, y la vi alteradísima. Le hice gestos para que me contara, pero ella se acercó a mi oído y me susurro, dios mío, ¡No!, pensé, ¡no hagas eso!, no tan temprano. Sus pechos de nuevo cerca de mi, con un ligero camisoncito que apenas si los cubría, ese olor a recién levantada, anulaba los bollos que la abuela sacaba del horno, incluso el fuerte olor a leche de vaca que solía cocer hasta que se salía por todos los lados y olía a quemado. Su olor lo impregnó todo, su pelo despeinado me hizo cosquillas, pero apenas me moví, inmóvil ante ese chorro de aliento caliente que llegaba a mi oído. Duro poco, se separo y me guiño un ojo. Yo no había escuchado nada de lo que me había susurrado, tan solo me había abandonado a la situación y al placer que ella me proporcionaba.
Pase el día mas horrible de mi vida, recogiendo huevos e imaginando que eran los míos los que ella tenia entre sus manos, en el huerto y aquellos malditos tomates, duros y colorados, la siesta y sus indomables piernas, sus braguitas, y por la noche, mientras estábamos en el porche, solos, los demás dormían, o que se yo. Se acerco y me dijo:
D.- ¿Vendrás?
Y.- ¿Como?, a donde?
D.- Te lo he dicho esta mañana, estas bobo, ¿eh? Bueno pues sino me has hecho caso allá tu, yo si voy a ir y me bañare bajo ella.
Diciendo esto muy ofendida se fue a dormir.
Me quede un poco atontado, pero ¿qué me había dicho, estaba tonto? El efecto narcotizante que ella causaba en mi me hacia perder la orientación y algún que otro sentido. Decidí no dormir, quedarme despierto, y esperar a que ella se levantara y seguirla, Dios se iba a bañar ¿bajo qué? Me da igual, solo quería verla, no sé si desnuda o no, pero mojada.
Apenas dos horas mas tarde, la oí salir de su habitación y la seguí, muy despacio. Salió de la casa para ir al patio de atrás, el de la higuera, el que mama regaba todas las noches y olía a hierbabuena, ¡el de la tinaja!, ¡claro! ahí solíamos bañarnos de pequeños, se dirigió hacia ella, parecía como si sus pies no tocaran el suelo, parecía una imagen onírica, se quitó el camisón y se metió en el agua, lo hizo de una manera simple sin prejuicios ni pensárselo dos veces. Aquella imagen fugaz de su cuerpo desnudo provocó en mi una brutal excitación, era mejor aun de lo que me había imaginado, gotas de belleza habían ido dibujando su cuerpo hasta convertirlo en perfecto. No os he hablado de su rostro por que las hormonas me tenían atontado, pero mi Dulce Ana era preciosa, morena de pelo rizado y por encima de los hombros, sus ojos eran vivos y siempre alegres y sonreía, sonreía siempre. Pero aquella noche, estaba callada, inmóvil en el agua, como una ninfa del río. He de decir que el patio estaba iluminado por una enorme luna llena y que se la podía ver perfectamente. Me acerqué despacio. Ella me vió pero permaneció inmóvil mientras yo avanzaba. Hizo un ademán para que fuera a su lado, fui y me pare, no sabia que hacer. Entonces, se incorporó, vino hacia mi y me metió dentro del agua junto a ella, me fue quitando la ropa poco a poco mientras yo la acariciaba. Su piel era mi piel, mis manos se fundían en ella. Yo estaba totalmente excitado y era evidente, pero ella no le dio importancia, me metió dentro del agua y me abrazó. Mi mente olvido que era mi prima, que la conocía desde siempre, que la quería como a una hermana, olvido todo: donde estábamos, el que alguien nos pudiera pillar, todo. Olvidé hasta mi nombre, no se como sucedió, no lo se, pero en cuestión de segundos nos estábamos besando y …….y entré muy despacio dentro de ella. Eso fue los más hermoso y corto de mi vida.
Si corto, y decepcionante y frustrante, y lo que marcaría mi vida, En ese instante su madre nos descubrió y se puso a gritar como una loca. Aquellos gritos aun resuenan en mi cabeza muchas noches de luna llena. Lo que pasó a partir de ahí no merece la pena contarlo. Pero si os diré que hace ya más de 20 años de todo aquello y que la he buscado en todas y cada una de mis amantes y sobre todo os diré que desde aquella noche no he vuelto a ser feliz.

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